

¡ENTRE SEMANA!
11 de mayo de 2021.
Eduardo Ángel Cinta Flores
El sábado estaba en Yautepec, fui a atender la encomienda de hacer una entrevista, pero el entrevistado no alcanzó a regresar de la ciudad de México. Iba a dar la una de la tarde, pregunté en donde podía tomar una cerveza y comer algo de botana, me dijeron de una mega cervecería cuyo concepto es más bien como salón de baile.
A mi regreso a Cuernavaca rememoré a aquellas cantinas de la ciudad de México y las de esta ciudad, hoy muchas han desaparecido y otras están cerradas, pero de todas recordé lo común entre ellas, la botana.
La botana, palabra muy mexicana que tiene su equivalente en el bocadillo o la tapa española, el pasa palo venezolano, la pasa boca colombiana, es el acompañante ideal de la cerveza o la copa del mediodía, con la singularidad de que entre más picante sea, mejor, pues da pretexto para apurar un trago tras otro y refrescar la lengua, el paladar y la garganta ardientes. Esto lo sabían muy bien los cantineros, por lo que no había botana que no tuviera un poco más de picante.
Desde tiempo inmemorial las botanas han sido uno de los principales atractivos, primero de las pulquerías y luego de las cantinas, relata Manuel Payno en la novela costumbrista Los Bandidos de Río Frío como las gorditas picadas y las quesadillas muy picosas hacían las delicias de los asistentes a las pulquerías, pulquerías que dicho sea de paso en México de haber casi desaparecido hasta antes de la pandemia estaban resurgiendo y siguiendo este mismo camino y por el mismo mal, las cantinas de barrio que han sido substituidas poco a poco por restaurantes bar, cervecerías, antros y demás que vienen a ser la misma gata, pero revolcada y sin el inigualable ambiente cantinero.
Todavía, en la década de los 60, las cantinas de barrio, lugares en los que se prohibía la entrada a perros, mujeres, mendigos y uniformados (en ese orden), competían entre si con las botanas para atraer parroquianos y para ello no escatimaban en gastos, pues se daba el caso de cantinas que llegaban a servir en la “hora del amigo o la hora feliz”, hasta 18 platillos diferentes, entre los que no podía faltar el picosito caldo de camarón, la carne tártara y las quesadillas, las mojarritas fritas con salsa verde, la chuleta ahumada, el “Vuelve a la vida” de mariscos, y había cantineros que un día de la semana servían platillos tan complejos y costosos como la pierna de cerdo mechada, chiles en nogada, bacalao a la vizcaína, cabrito, pozole, chamorro de cerdo o filetes de pescado rebozados.
Esta proliferación de suculentos manjares, parecían no tener lógica financiera, y sin duda su estudio hubiera causado un infarto a alguno de nuestros economistas postmodernos, pues resultaba inexplicable que por el precio de tres o cuatro cervezas o tragos se pudiera obtener gratis más que una comida completa.
Esto tal vez, dirán ahora los que dicen que saben, hubiese sido uno de los factores que provocaran que una cantina tras otra fuese cerrando sus puertas, no, fue la canija pandemia que al ser clasificadas las cantinas cono negocios no esenciales tuvieron que acatar la restricción de cerrar definitivamente, dejando sin la “conbebencia”, a los vecinos del barrio.
En fin, en recuerdo de aquellas cantinas con su olor peculiar a humo de cigarrillos, mingitorio sucio y naftalina; al ruido de fondo de una sinfonola que daba ambiente a la tertulia del mediodía, dando pie a que se prolongara esta por la tarde y hasta entrada la noche; al golpetear seco de las fichas de dominó sobre las mesas de madera o el rítmico cascabeleo de los dados en el cubilete de quienes se jugaban en la “pachuca” la otra tanda.
En recuerdo al pregón de Maclovio, el de las rifas amañadas de pollos rostizados ¿por qué todos se llamarían Maclovio?; a la insistencia del vendedor de lotería con el “cachito de la suerte”; al de los “toques” eléctricos, golpeando entre si las manijas de tubo metálico y al rechinar del trapo del bolero que dejaba los zapatos como nuevos.
En recuerdo a la algarabía salpicada de palabrotas de los parroquianos achispados por los tragos y la buena comida; a esos tiempos idos, les invito a visitar en nuestra ciudad a la Cantina El Tapatío en la calle de Leyva, que es una de las poquísimas que subsisten y que nos recuerde al buen amigo Mario con su caldo de patas de pollo y que partiera al éter eterno.
Amigos nos vemos como a la una para echarnos ¡las tres de rigor!
¡Les dejo un abrazo con afecto!
———— (Visited 1 times, 1 visits today)