
Como muchos, muchísimos mexicanos, nosotros también tenemos a familiares y amigos residiendo desde hace décadas en Estados Unidos quienes, sin ningún empacho, afirman que “no le debemos nada al presidente Andrés Manuel López Obrador quien, con demasiada frecuencia, presume con sombrero ajeno, es decir con nuestras remesas enviadas a México”. “Solo quienes vivimos en esta parte del mundo sabemos las vicisitudes y riesgos diarios que enfrentamos sobre un territorio muchas veces hostil hacia los migrantes; López Obrador no sabe nada con relación al racismo tan acendrado en años recientes”.
Efectivamente, López Obrador, un día sí y otro también, enaltece las “benditas remesas”, mismas que son superiores a los ingresos petroleros, a las divisas captadas por la industria turística y a la inversión extranjera directa. Tan solo en marzo del presente año llegaron a México, provenientes de los Estados Unidos, casi 4 mil 152 millones de dólares que, sumados a los 3 mil 173 y 3 mil 298 de febrero y enero (respectivamente), totalizan alrededor de 10 mil 623 millones de billetes verdes. Esa impresionante cifra se traduce en 212 mil 460 millones de pesos.
Con respecto a las remesas enviadas a Morelos por nuestros paisanos y familiares, quienes a diario se rompen la madre en los Estados Unidos, de enero a marzo totalizaron 202 millones de dólares, es decir poco más de 4 mil millones de pesos. Es importante recordar que, durante el segundo semestre de 2020, a nuestra entidad fueron enviados 404 millones de dólares, es decir aproximadamente 8 mil millones de pesos. Ojo: solo en el segundo semestre del año.
Pueden imaginar ustedes el beneplácito con el cual ese dinero es recibido en miles de comunidades mexicanas y morelenses. Morelos no es ninguna ínsula separada del resto de la República y en diferentes épocas se ha tornado en estado expulsor de mano de obra barata hacia la Unión Americana. Esta realidad motivó hace años a algún gobernador en turno a crear una Dirección de Atención de Asuntos Migratorios que, para fines prácticos, no sirve para nada, pues los paisanos morelenses se las arreglan solos, muchas veces sin el respaldo de los consulados. Empero, las remesas representan la base económica de nuestra entidad, como seguramente lo son en la inmensa mayoría de entidades federativas, sobre todo las que se caracterizan por ser expulsoras de mano de obra hacia la Unión Americana.
En este escenario de riesgos y racismo para nuestros paisanos mexicanos en Estados Unidos, López Obrador se ha atrevido a asegurar que las remesas son mayores a lo que su gobierno destina a los pobres.
Sin tapujos y fiel a su cínica costumbre de decir lo que piensa pues su pecho no es bodega, ha indicado que “las remesas nos ganan incluso a nosotros, nunca se había destinado tanto dinero para atender a los pobres y, de todas maneras, de todas formas, es más el monto de las remesas que lo que nosotros destinamos a atender a los pobres“. En total, el gobierno federal presuntamente otorga de manera directa cerca de 600 mil millones de pesos para apoyos, becas y pensiones, pero los envíos de los connacionales al país son mayores.
No me cansaré de repetir que tal derrama económica ha servido para sostener a miles de familias, pues cada envío significa un refrigerio de entre 200 y 350 dólares mensuales.
López Obrador dice que las remesas son una bendición para México. Lo expele con el mayor cinismo. Sin embargo, nosotros sí podemos afirmar que ese dinero llega a Morelos gracias al sacrificio de nuestros paisanos migrantes cuyas familias viven en Cuautla, Cuernavaca, Axochiapan, Jiutepec y Jojutla, localidades catalogadas como expulsoras de mano de obra hacia determinadas zonas de Estados Unidos, entre las cuales destacan California, Chicago, Nueva York, Texas y Minessota.
López Obrador ha dicho: “Fallaron los pronósticos de los organismos internacionales que decían que las remesas caerían debido a la pandemia, y lo que tenemos que sacar como conclusión es que nuestros paisanos mexicanos, los migrantes, nos están ayudando mucho, mucho, mucho”. Vaya, vaya, vaya. Una manera bastante ruin de presumir con sombrero ajeno.
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