OPINIÓN
Por Guillermo Cinta Flores
Jueves 29 de junio de 2023
¿Quién reúne los requisitos para ser el gobernador idóneo de Morelos? ¿Deben satisfacerlos, además, quienes aspiren a cualquier cargo de elección popular, de los muchos que se disputarán el domingo 2 de junio de 2024? A continuación, de manera más o menos extensa, daremos respuesta a dichas interrogantes.
Podríamos definir el “gobernante perfecto” como el imaginario social que, de acuerdo con la opinión de los ciudadanos, representa la personalidad política perfecta, aunque la perfección no existe, pero sí grandes aproximaciones.
Este imaginario refleja el consenso tácito al que arriban los ciudadanos luego de un complejo proceso de valoración colectiva que se da en tres dimensiones.
La primera corresponde a la coyuntura que aparece en el tiempo presente.
La segunda hace referencia a la historia más cercana o sea el pasado.
Y por último las ilusiones de progreso y cambio para el futuro.
Para ganar adeptos en una campaña, el factor determinante que dirige al triunfo a cierto candidato es cómo está forjada su personalidad en función de la demanda del electorado.
Pero la mayoría de las veces ese factor es rebasado por la realidad, fundamentalmente en sentido económico, lo cual impide al candidato, ya convertido en gobernante, poder cumplir su cauda de promesas expuestas en campaña.
Kathy Allen, columnista política de NBC-TV y analista de tendencias electorales, en su libro titulado “Recuperando la política; una guía para ganar” (Canadá, Jalapeño Press, 1965, p. 365), indica que los atributos positivos de algunos políticos son: buen sentido del humor; capacidad para delegar, para hablar en público y para responder preguntas difíciles; buenas relaciones con la prensa; orientación hacia el trabajo duro; físicamente en buena forma; capacidad para el estudio rápido y habilidad para hacer sentir cómoda a la gente; e inclusión.
En contraste, los principales atributos negativos son: temperamento que responde fuertemente al más ligero estímulo, dificultad para delegar, ser reservado y abrupto, dificultad para enfocar problemas y situaciones, voz monótona, dificultad para escuchar, problemas de adicciones, tendencia a pontificar (exponer opiniones o ideas como dogmas con alarde y suficiencia), belicosidad y dificultad para confiar en los demás.
Además, el partido político que impulsa al respectivo candidato adquiere relevancia. De ahí que su partido se convierta en un activo o en un pasivo. En el primer caso (dice Allen) la persona puede tratar de destacar su filiación partidista y la tarea de campaña o de gobierno debe ser reducir al mínimo las defecciones; en el segundo, al contrario, puede intentar desligarse de su propio partido para facilitar la aceptación escindida de ciudadanos identificados débilmente con el partido contrario. Finalmente, la identificación del nombre tiene mucho que ver, así como el rating de favorabilidad.
Suele ocurrir, en el entorno de tal o cual aspirante a cargos de elección popular, que sus colaboradores se sienten más papistas que el mismísimo Papa Francisco. Y llegan hasta a ofrecer (¿vender?) ciertos puestos en las administraciones estatal y municipal. Asimismo, proyectan personalidades despóticas, bastante ajenas a lo que esencialmente sus jefes deberían demostrar como servicio social. Sin embargo, también proliferan politiqueros que, una vez encumbrados en los cargos públicos, se suben al tabique y se marean, tornándose en seres indeseables. Sienten que los morelenses les debemos todo.
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