
CINTARAZOS
Por Guillermo Cinta Flores
Jueves 4 de mayo de 2023
Recuerdo con gran claridad la violenta irrupción (el 1 de diciembre de 2000) del entonces diputado federal priísta veracruzano Eduardo Andrade Sánchez en el noticiero nocturno de Televisa, en aquella época conducido por Joaquín López Dóriga. El comunicador coordinaba al aire un debate sobre la asunción de Vicente Fox Quesada a la titularidad del Poder Ejecutivo Federal, siendo acompañado por Diego Fernández de Ceballos, Gilberto Rincón Gallardo (finado) y Jaime Sánchez Susarrey.
Andrade jamás pudo desasociar aquel incidente de su carrera política, pues todo México lo observó borracho en cadena nacional. Además, cabe subrayar que el susodicho legislador (originario de Coatzacoalcos) renunció al PRI el 28 de febrero de 2006 tras una militancia de 41 años, pero, como buen saltimbanqui de la política, decidió reafiliarse al mismo partido en septiembre de 2008 luego de dos años de inactividad partidista.
Lo peor -sobre todo para la clase política priísta de Veracruz- fue que Eduardo Andrade Sánchez apareció en agosto de 2010 como candidato a diputado plurinominal para finalmente convertirse en miembro de la LXII Legislatura de su entidad natal. Gracias a ello participó en la Segunda Sesión Plenaria de la extinta Conferencia Permanente de Congresos Locales (Copecol), cuyo escenario fue, el 6 de marzo de 2013, el Centro de Convenciones de Xochitepec, Morelos.
Acudimos a darle cobertura al evento de la Copecol y vimos a Andrade Sánchez ostentándose como señorón de la política veracruzana. Y así lo observaron también los alrededor de 500 diputados locales asistentes al evento.
En conferencia de prensa el ex comentarista deportivo de Televisa demostró sus aptitudes histriónicas y magnífica dicción, pero quienes tenemos memoria histórica siempre podremos ubicarlo en su exacta dimensión de simulador, como deben ser situados muchísimos de los más de mil 200 diputados locales existentes, ahora, a lo largo y ancho de la República Mexicana.
Respecto al caso del Congreso de Morelos hemos visto a centenares de “representantes populares” que llegaron a la legislatura respectiva con una mano adelante y otra detrás, pero al final de sus tres años de predominio y gozo se fueron convertidos en nuevos ricos gracias a los vicios estructurales del legislador mexicano.
Salvo honrosas excepciones, la mayoría de quienes integraron el Congreso morelense proyectaron los defectos que, según el escrutinio público, caracterizan a los diputados adscritos a cualquier legislatura de este país, ya sea estatal o federal. Me refiero a personajes holgazanes, conflictivos y carentes de propuestas legislativas.
Durante cinco décadas he visto el mismo desfile: diputados que llegaron al Congreso para consolidar sus situaciones patrimoniales. He de aclarar que hay honrosas excepciones, pero se cuentan con los dedos de una mano. Empero, todos por igual, sacan raja de la arcadia financiera en que siempre ha estado convertido el organismo colegiado.
Cada legislador, desde hace varios trienios, recibe poco más de 62 mil pesos mensuales como “dieta” y otro tanto similar de prerrogativas presuntamente destinadas a la gestoría social, amén de que disponen de varios asesores (el que menos cobra se embolsa 15 mil pesos mensuales), pero también de seguro de gastos médicos mayores, lujosos vehículos, teléfonos celulares y viáticos para peaje y comidas. Sume usted, en torno al caso de quienes presiden una comisión legislativa, otra lana más (20 mil pesos mensuales).
Nuestros ínclitos diputados siempre han exhibido los antiguos defectos de los legisladores mexicanos, entre los cuales destacan la prepotencia, la arrogancia y el despotismo, bastante usuales entre aquellos que son herederos del poder o provienen de cacicazgos regionales. Lo mismo se nota en aquellos personajes que se encuentran muy encumbrados y, por supuesto, se sienten pagados de sí mismos. Es uno de los vicios más comunes y además uno de los más detestables, toda vez que el legislador, si es un representante popular, puede tener mil y un defectos, menos éste.
Por el contrario, un legislador debe ser carismático, amable y humilde, pero con los legisladores mexicanos las cosas funcionan al revés. Pero también los hay con exceso de disciplina y lealtad partidista. Son legisladores que no opinan si antes sus partidos o sus líderes no les dan línea, o que no quieren apoyar determinada iniciativa por convicción personal, pero que acaban impulsándola por compromisos, disciplina y dinero.
Otros más se conducen mediante el tráfico de influencias. Como ya se explicó, la sensación de ser intocables, impunes y poderosos que experimentan muchos legisladores los arroja –a ellos, sus familiares, colaboradores y amigos– a excesos como el influyentismo, la prepotencia, la pedantería y el abuso. Otros más se dejan llevar por el elitismo y la banalización de la política. Este último fenómeno surge cuando los diputados se conducen por el dedazo, el nepotismo, las redes de complicidades, la eternización en los cargos públicos, las cuotas de poder, la obtención de canonjías, la compra-venta de cargos públicos, etcétera, ante lo cual la ciudadanía supone que la vida pública morelense es operada por mafias.
Aquí pagan justos por pecadores, pues esta parte de los vicios estructurales desacredita a todos los actores políticos y suprime la nobleza que merecería la actividad pública.
Y ahí vienen de nuevo.
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